Ausente una noche


Le traje estos jazmines doña Meme, espero que le gusten; se los dejo aquí junto a los otros. No, todos juntos se deslucen, me parece mejor en este vaso… estos claveles ya se marchitaron, si me permite voy a tirarlos. Listo, creo que está mejor… ahora mire lo que encontré en el jardín de Norita, en el camino hacia aquí; una de las últimas en florecer este año, seguramente. Las camelias no tienen fragancia, ¿no es así?
Sé que le debía una visita hace tiempo Meme, pero Ud sabe cómo son las cosas, con la casa, los chicos, mi marido; Ud sabe cómo son esas cosas. Pero hoy tengo tiempo y quise venir a verla a Ud antes que nada porque tengo algo que contarle, algo que no puede esperar y que le va a interesar mucho. Es sobre su hija Liliana.

Lily encendió la lámpara en el techo, la apagó, encendió el velador y recorrió con calma la habitación en penumbras, aguardando a que los muebles ya vacíos de colores, ya más parecidos a sombras que a cuerpos se delinearan precisos.
Al abrir las puertas del armario y asomarse a su interior sintió –por un momento- que aquel era un sitio acogedor y seguro, sintió –en ese momento- que aquel sitio acogedor y seguro no era otro que el armario de su infancia. Y aquella niña que imaginaba encerrándose era ella misma, ardientes los ojos y las mejillas, recostándose en el tibio suelo, casi conteniendo el aliento, esperando a que todas las voces en la casa llamaran su nombre, sin reconocer siquiera una ¿Por qué no distinguía sus voces, la voz de su madre, la voz de Julio? ¿Por qué sólo oía el quejoso murmullo de las maderas que la rodeaban, deseosas de ceder y morir sobre su pecho? Ese día ella supo que los muertos en sus armarios bajo tierra no reconocen las voces.
Lily sonrió sin ser vista y extendió la mano, un poco temblorosa, rozando camisas, sacos y pantalones descuidadamente colgados en perchas, hasta detenerse en un vestido corto de espalda descubierta. Lo acercó a su rostro; era el vestido que había usado en su último cumpleaños, rodeada de vecinos, amigos y familiares en esa misma casa hace sólo un par de meses, cuando su madre aún vivía, cuando el vestido aún olía a colonia de lavanda.
Dejó aquel vestido en el armario y tomó todas las camisas y los abrigos, vació los estantes de remeras, polleras y pulóveres, los cajones de medias y ropa interior, y por último zapatos y zapatillas, sandalias y botas. Con una calma que desmentía cualquier recuerdo de ardor en ojos y mejillas guardó cada prenda en una valija abierta sobre la cama, disponiéndolas en un orden caprichoso pero esmerado. Levantó la vista una vez hacia el espejo; tan sólo un gesto de ese reflejo inmóvil, ajeno, hubiera bastado para disuadirla, pero nada, nada le pertenecía.

Su hija decidió dejarlos Meme, dejar casa, hijos, marido, todas esas cosas. Aprovechó que este fin de semana el marido y los chicos se fueron a la chacra a visitar a Julio, a pasar unos días jugando al truco y pescando truchas en el arroyo. No sé en qué estaba pensando, cuando su pobre familia volviera el domingo… Pero Nelly la vio anoche, sentada en la terminal del ómnibus con su valija, su bolso de mano, unas bolsas, sentada sola. Y ya sabe Ud cómo es eso, si Nelly se enteró anoche esta mañana ya nos enteramos todos.

Lily salió a la oscuridad de la calle, encerrando tras la puerta la oscuridad de su casa –así creyó hacerlo-. La terminal de ómnibus estaba a unas pocas cuadras de tierra; iría caminando, arrastrando la valija, el bolso, un par de bolsas, el agobiado cuerpo; arrastraría todas aquellas cargas ahora que ya ninguna podía arrastrarla a ella. Le pareció también estar abriendo surcos en la tierra a cada paso, hendidos por el peso de una improbable cadena que cedía mezquinamente sus eslabones, y que con seguridad en algún paso –tal vez en el próximo- finalmente la detendría.
Fue entonces que Lily se detuvo un momento, sólo un momento, para poder seguir a la niña de sus recuerdos que cruzó fugaz ante ella, seguirla hasta el interior de una casa cercana, hasta la cocina de esa casa, hasta las figuras de su madre y su hermano Julio, hasta ella misma.
Un aroma dulzón que parecía dejar en su boca un poco de membrillo, otro poco de canela, se empeñaba en ubicar rigurosamente el horno, la vajilla, la mesada, mientras levantaba a su alrededor los claros muros de la cocina y el dominio implacable de su madre. “Julio, llevale este pedido a doña Rita, decile que lo anote a nuestra cuenta y que no se preocupe, sus tartas van a estar listas para el lunes. Arreglate un poco ese pelo Liliana, tenés que ir al consultorio del doctor Parra y confirmar el encargo del pandulce, explicale que tiene que pagar por adelantado. Ah, y decile también que lo esperamos con la señora para la cena del jueves, pero no se te ocurra moverte hasta que te dé la plata del pandulce.” Una Lily de cabellos alborotados asintió con firmeza, aunque no era más que otra figura revestida con aquella desgastada pátina de brillo que unía todos los dulzones recuerdos de su infancia.
Inmediatamente, su nostalgia le impuso un recuerdo reciente, en esa misma cocina pero ahora vagamente dispuesta, con aquella misma mujer, pero tal vez más pequeña, más opaca. Su madre repetía “decile que lo anote a nuestra cuenta y que no se preocupe…”, mientras se comportaba como un reflejo cansado del primer recuerdo, sin reconocer, sin notar siquiera a una desesperada Lily a su lado que ya no tenía los cabellos alborotados ni la firmeza de su infancia. Entonces una emoción que no alcanzaba a definir intentó vanamente arrastrarla hacia los incontables recuerdos que se seguían de éste, ya no solo en esa cocina sino en cada lugar donde su madre se dedicó a repetir las escenas de su vida ante miradas ajenas e indulgentes.
Lily había sido la única que no se dio por satisfecha con el impune diagnóstico del doctor Parra – “después de todo, cierta forma de demencia es muy frecuente a la edad de Meme”- , la única que no había adoptado esa mezcla imprecisa de compasión y menosprecio para tratar con ella, la única que se había esforzado en repasar el sabor del membrillo, el olor de la canela en afán de recuperarla.
Unos pasos tras sus pasos hicieron que se sobresaltara, preguntándose en qué momento la noche se había salpicado de tantas estrellas y amenazas. Se desprendió algunos botones de la camisa, pegada al pecho por el sudor, y reanudó la marcha fatigada por el peso de sus cargas y su cadena, con la inexplicable sensación de estar repitiendo alguna otra escena de su vida, pero sin recordar cuál.

¿Puede usted entender esto doña Meme? ¿Qué es lo que se proponía su hija partiendo en plena noche de viernes, sola y con tanto equipaje? ¿Se dirigía, tal vez, al encuentro de algún amante oculto en la distancia? ¿O podría estar huyendo de algo oculto aquí mismo, ante nuestros ojos? Tal vez fue la vida que usted llevó doña Meme, o la muerte que se la llevó a usted, las que determinaron su decisión. O puede que haya sido justamente una decisión contra usted, contra su vida, contra su muerte, y eso era lo único que importaba… Pero finalmente ¿qué fue lo que en realidad hizo Lily? ¿Por qué arriesgarlo todo, su matrimonio, sus hijos, su nombre, todas esas cosas? Yo no consigo entenderlo. Tal vez ella tampoco lo entienda, pero estoy segura que esperaba que usted sí.

Sentada en un banco de la terminal, Lily intentaba distinguir cada ómnibus que emergía de algún distante fragmento de noche, adivinando sus contornos, preguntándose si de esa forma reconocería al indicado. Tal vez era aquel que ahora se estacionaba frente a ella, imponiendo su oscura figura a esa otra oscuridad. Pero a éste subiría el hombre sentado a su lado, con los dedos manchados de noticias de ayer y la boca que insinuaba alcohol y tabaco, y Lily sabía que no podía acompañarlo. Tal vez el próximo.
Aguardó cada uno de los colectivos con esa inmutable fe de la que siempre había oído hablar, pero en la que nunca había creído. Sacó del bolso unos papeles para abanicarse, sujetó con mayor firmeza la valija a su lado y cerró los ojos; la oscuridad ahora estaba adentro y afuera. Pero aún en esa segunda oscuridad creyó adivinar su presencia, le pareció intuir su mirada perpleja, desconocida, hundiéndose irremediablemente mientras su voz, y su otra voz -la que más bien era un eco- repetían “…pero no se te ocurra moverte.”
Tan sólo Lily había intuido, en todo su horror, que la inevitable cadena que unía a madre e hija estaba hecha de los mismos eslabones, y que cada día uno de ellos se desprendía inexorablemente, acortando distancias, atrapándola en el ciclo de la vida y la vida una vez más, condenándola cada día a un día más. Abrió los ojos.
El Fiat azulado bordeó imprudentemente la esquina, siguiendo los ojos de Nelly a través del vidrio empañado,hasta tropezar con la mirada empañada de Lily, perpleja, hundiéndose. En los ojos de su vecina, ajenos e indulgentes, Lily vio el corte limpio de un último eslabón, el último de una cadena que había sido, también, una esperanza.
Esa noche no habría más colectivos, ya amanecía. Lily tomó su valija, su bolso de mano, sus bolsas, y volvió a caminar, pero con pasos leves. Al pasar frente al jardín de Dorita desprendió con cuidado una camelia –ahora todo le pertenecía- y la acercó a su rostro, pero no sintió su fragancia. Pensó llevársela a doña Meme, tal vez con algunos jazmines; hace tiempo le debía una visita.

Proyecto. Segunda parte

Lily salió a la oscuridad de la calle, encerrando tras la puerta la oscuridad de su casa –así creyó hacerlo-. La terminal de ómnibus estaba a unas pocas cuadras de tierra; iría caminando, arrastrando la valija, el bolso, un par de bolsas, el agobiado cuerpo; arrastraría todas aquellas cargas ahora que ya ninguna podía arrastrarla a ella. Le pareció también estar abriendo surcos en la tierra a cada paso, hendidos por el peso de una improbable cadena que cedía mezquinamente sus eslabones, y que con seguridad en algún paso –tal vez en el próximo- finalmente la detendría.
Fue entonces que Lily se detuvo un momento, sólo un momento, para poder seguir a la niña de sus recuerdos que cruzó fugaz ante ella, seguirla hasta el interior de una casa cercana, hasta la cocina de esa casa, hasta las figuras que allí vestían un riguroso negro –su madre y su hermano Julio- hasta ella misma.
“Miren cuánta gente ha venido al funeral de su abuela. Cuéntenlos” decía su madre, mientras inclinaba su cuerpo y su vaso hacia una ventana. “¡Cuántos vecinos familiares, amigos, cuánta gente querida! Aquella señora de pie junto a la mesa, la de los colgantes de piedras, es Doña Carmen; ella le ofreció a mi madre trabajo en la escuela para que no se fuera a estudiar lejos, y a pesar de que mamá siempre había querido seguir alguna carrera, un sueldo era mucho más conveniente, por supuesto... El de bigotes que conversa con el tío Migue es el Dr. Parra; él fue quien convenció a mamá para que le vendiera la panadería cuando murió mi padre, aunque ella al principio se esforzó por manejarla sola, pobrecita… Y los dos que están en el banco bajo la palmera son el primo Carlos y su señora, recién llegados de la capital, ellos querían…”
El recuerdo de su madre perdía nitidez, una emoción indefinida pretendía imponer otros recuerdos, otros sueños “Mucha gente vino hoy, pero mírenlos bien, a cada uno; muchas decisiones importantes en sus vidas las tomarán ellos por ustedes, les guste o no, se den cuenta o no. La única forma de vivir es aceptarlo. Ahora olvídense de estas cosas, cuando las entiendan ya no tendrán importancia.” Pero Lily jamás olvidaría, a pesar de la tenaz convicción de Julio sobre la falsedad de aquel recuerdo. Su hermano decía –y Lily sabía que eso era cierto- que había sido su madre, no su abuela, quien había trabajado en la escuela con doña Carmen, y quien luego había vendido la panadería. Lily ya había tenido ocasión de recordar esto algún tiempo atrás, en esa misma cocina y de riguroso negro, viendo a través de la ventana a esas mismas personas, presentes también en su cumpleaños, deseando que en el próximo hubiera muchas menos. Se desprendió algunos botones de la camisa, pegada al pecho por el sudor, preguntándose si su madre desearía oír eso, y también si los muertos aún deseaban.

¿Puede usted entender esto doña Meme? ¿Qué es lo que se proponía su hija partiendo en plena noche de viernes, con tanto equipaje y tan sola? ¿Se dirigía, tal vez, al encuentro de algún amante oculto en la distancia? ¿O podría estar huyendo de algo oculto aquí mismo, ante nuestros ojos? Tal vez fue la vida que usted llevó doña Meme, o la muerte que se la llevó a usted, las que determinaron su decisión. O puede que haya sido justamente una decisión contra usted, contra su vida, contra su muerte, y eso era lo único que importaba… Pero finalmente ¿qué fue lo que en realidad hizo Lily? ¿Por qué arriesgarlo todo, su matrimonio, sus hijos, su nombre, todas esas cosas por… qué? Yo no consigo entenderlo. Tal vez ella tampoco lo entienda, pero estoy segura que esperaba que usted sí.

Sentada en un banco de la terminal, Lily intentaba distinguir cada ómnibus que emergía de algún distante fragmento de noche, adivinando sus contornos, preguntándose si de esa forma reconocería al indicado. Tal vez era aquel que ahora se estacionaba frente a ella, imponiendo su oscura figura a esa otra oscuridad. Pero a éste subiría el hombre sentado a su lado, con los dedos manchados de noticias de ayer y la boca que insinuaba alcohol y tabaco, y Lily sabía que no podía acompañarlo. Quizás el próximo.
Aguardó cada uno de los colectivos con esa inmutable fe de la que siempre había oído hablar, pero en la que nunca había creído. Sacó del bolso unos papeles para abanicarse, sujetó con mayor firmeza la valija a su lado y cerró los ojos; la oscuridad ahora estaba adentro y afuera. Pero aún quedaba aquella voz, una voz que solo pertenecía a sus recuerdos aunque una vez más la oyera decir que “tu casamiento, tu casa nueva, tu embarazo, todo está sucediendo demasiado rápido en tu vida, lo que claramente indica que estás tomando pocas decisiones sola.” Lily sonrió sin ser vista, una vez más, y un eslabón se desprendió con un corte suave y limpio; un recuerdo ya no era más cadena. Tal vez había otra forma de vivir.
El Fiat azulado bordeó imprudentemente la esquina, siguiendo la curiosa mirada de Nelly a través del vidrio empañado, hasta tropezar con los empañados ojos de Lily, observándola, midiéndola.
Esa noche no habría más colectivos. Tomó su valija, su bolso de mano, sus bolsas, y decidió volver a caminar, aunque cuidando no pisar sus propios pasos, midiéndolos. Al pasar frente al jardín de Dorita desprendió con cuidado una camelia –ahora todo le pertenecía- y la acercó a su rostro, pero no sintió su fragancia. Pensó llevársela a su madre, tal vez con algunos jazmines; hace tiempo le debía una visita.

Proyecto. Primera parte

Le traje estos jazmines doña Meme, espero que le gusten; se los dejo aquí junto a los otros. No, todos juntos se deslucen, me parece mejor en este vaso… estos claveles ya se marchitaron, si me permite voy a tirarlos. Listo, creo que está mejor… ahora mire lo que encontré en el jardín de Norita, en el camino hacia aquí; una de las últimas en florecer este año, seguramente. Las camelias no tienen fragancia, ¿no es así?
Sé que le debía una visita hace tiempo Meme, pero Ud sabe cómo son las cosas, con la casa, los chicos, mi marido; Ud sabe cómo son esas cosas. Pero hoy tengo tiempo y quise venir a verla a Ud antes que nada porque tengo algo que contarle, algo que no puede esperar y que le va a interesar mucho. Es sobre su hija Liliana.

Lily encendió la lámpara en el techo, la apagó, encendió el velador y recorrió con calma la habitación en penumbras, aguardando a que los muebles ya vacíos de colores, ya más parecidos a sombras que a cuerpos se delinearan precisos.
Al abrir las puertas del armario y asomarse a su interior sintió –por un momento- que aquel era un sitio acogedor y seguro, sintió –en ese momento- que aquel sitio acogedor y seguro no era otro que el armario de su infancia. Y aquella niña que imaginaba encerrándose era ella misma, ardientes los ojos y las mejillas, recostándose en el tibio suelo, casi conteniendo el aliento, esperando a que todas las voces en la casa llamaran su nombre, sin reconocer siquiera una ¿Por qué no distinguía sus voces, la voz de su madre, la voz de Julio? ¿Por qué sólo oía el quejoso murmullo de las maderas que la rodeaban, ansiosas de ceder y morir sobre su pecho? Ese día ella supo que los muertos en sus armarios bajo tierra no reconocen las voces.
Lily sonrió sin ser vista y extendió la mano, un poco temblorosa, rozando camisas, sacos y pantalones descuidadamente colgados en perchas, hasta detenerse en un vestido corto de espalda descubierta. Lo acercó a su rostro; era el vestido que había usado en su último cumpleaños, rodeada de vecinos, amigos y familiares en esa misma casa hace sólo un par de meses, cuando su madre aún vivía, cuando el vestido aún olía a colonia de lavanda.
Dejó aquel vestido en el armario y tomó todas las camisas y los abrigos, vació los estantes de remeras, polleras y pulóveres, los cajones de medias y ropa interior, y por último zapatos y zapatillas, sandalias y botas. Con una calma que desmentía cualquier recuerdo de ardor en ojos y mejillas guardó cada prenda en una valija abierta sobre la cama, disponiéndolas en un orden caprichoso pero esmerado. Levantó la vista una vez hacia el espejo; tan sólo un gesto de ese reflejo inmóvil, ajeno, hubiera bastado para disuadirla, pero nada, nada allí le pertenecía.

Su hija decidió dejarlos Meme, dejar casa, hijos, marido, todas esas cosas. Aprovechó que este fin de semana el marido y los hijos se fueron a la chacra a visitar a Julio, a pasar unos días jugando al truco y pescando truchas en el arroyo. No sé en qué estaba pensando, cuando su pobre familia volviera el domingo… Pero Nelly la vio anoche, sentada en la parada del ómnibus con su valija, su bolso de mano, unas bolsas, sentada sola. Y ya sabe Ud cómo es eso, si Nelly se enteró anoche esta mañana ya nos enteramos todos.

Bienvenido Onetti

Juan Carlos Onetti fue un escritor uruguayo nacido en 1909 en Montevideo, autor de numerosas novelas, relatos y ensayos, galardonado con el Premio Cervantes en 1980, fallecido en 1994 en Madrid.
El cuento con el que inicié mis lecturas de este autor fue “Un sueño realizado”, y todavía no tuve la oportunidad de adentrarme en ninguna de sus novelas (creo que voy a probar con la recomendada por Lisandro, “Los adioses”). En esta nota de lectura voy a referirme a dos de mis lecturas más recientes: “Bienvenido Bob” y “El posible Baldi”.
Ambos relatos comparten, tal vez, esta visión “pesimista” de la vida, del mundo y de los hombres que se le suele atribuir al autor (más bien desilusionada, creo yo), y que el propio narrador detalla en alguno de los pasajes. Estas inquietantes reflexiones intercaladas en sus relatos son las que llaman mi atención.
En el caso de “Bienvenido Bob”, estas reflexiones se desarrollan en torno al enfrentamiento entre una juventud idealista (e idealizada) y el “tenebroso y maloliente mundo de los adultos”, mientras que en “El posible Baldi” se centran en la oposición del Baldi “tranquilo e inofensivo que contaba historias a las Bovary de Plaza Congreso” y el otro Baldi, el que cree que “la vida es otra cosa, que la vida es lo que no puede hacerse en compañía de mujeres fieles, ni hombres sensatos”.
Esta clase de consideraciones invitan a cuestionarse sobre el posible proceso de escritura de Onetti ¿Serán estas ideas las que inspiran y dirigen sus relatos? ¿Construirá sus historias a partir de estas ideas, como una particular “ilustración” de las mismas? Esta posibilidad lo acercaría a los tradicionales escritores de fábulas, quienes ilustraban sus moralejas con relatos de animales parlantes, aunque, claro está, aquí finalizaría cualquier semejanza ya que los relatos de Onetti carecen de la pretensión de divulgar clase alguna de “elevados” valores morales. Sobre esto Vargas Llosa opinará de la obra de Onetti que “sin exagerar demasiado, podríamos decir está casi íntegramente concebida para mostrar la sutil y frondosa manera como, junto a la vida verdadera, los seres humanos hemos venido construyendo una vida paralela, de palabras e imáge­nes tan mentirosas como persuasivas, donde ir a refu­giarnos para escapar de los desastres y limitaciones que a nuestra libertad y a nuestros sueños opone la vida tal como es”. ¿Es ésta la “moraleja” de Onetti?
Algo me rebela ante la idea de una obra semejante concebida con un propósito tan “limpiamente” definido, por magnífico que éste sea. Entonces considero otra posibilidad, la posibilidad del escritor que se entrega a su obra, a su trama, a sus personajes y en el proceso reflexiona y descubre todas estas ideas sobre si mismo y sobre el mundo que desconocía poseer. Siempre me resultó interesante un comentario de la escritora Flannery O’ Connor al respecto: “En verdad, puede ser mejor que uno ignore lo que sucederá. Cada uno debe ser capaz de descubrir algo en el cuento que escriba.”
Creo que todas estas conjeturas sobre el proceso de escritura del autor que elegí como referencia de alguna forma contribuyen a mi propio proceso, así que mientras continúe con mis lecturas voy a ir subiendo algunas otras.
Para finalizar, una reflexión que me gusta mucho del propio Onetti:"Durar frente a un tema, al fragmento de vida que hemos elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la esencia única y exacta.”

Proyecto Narrativo. Comienzos.

Perdón por la demora en subir algo sobre el proyecto. Cambié de idea sobre la historia de mi narración, que ahora no se va a centrar en un pueblo, sino en la vida de una mujer en un pueblo. Sobre todo me interesa experimentar con dos narradores distintos en el relato, uno protagonista, o testigo, y otro omnisciente. Estuve probando bastante hasta que encontré las voces y el ritmo de los dos narradores.
Para buscar la "voz" de uno de los narradores leí varios relatos de Onetti, un autor del que sólo conocía "Un sueño realizado", pero que tenía pendiente profundizar. Creo que la temática de sus historias es muy interesante, y siempre sus relatos resultan en cierta forma perturbadores, pero su estilo de oraciones vertiginiosas y detallistas, que exigen relecturas cuidadosas, es lo que más me atrae. No sé exactamente qué podría incorporar de sus cuentos al mío pero de todas formas sus lecturas no tienen desperdicio.
Apenas tenga alguna parte completa del cuento la subo (hasta ahora sólo tengo fragmentos dispersos y la esperanza de unirlos). También voy a subir algunas notas de lectura de Onetti. Saludos!

El Sitio de los Sitios. Juan Goytisolo

17:02 Publicado por Alis 3 comentarios
Juan Goytisolo es un escritor e intelectual español nacido en Barcelona en 1931, considerado el narrador más importante de la generación del `50. En su blog Jorgelina hizo una síntesis biográfica de este autor así que solo me gustaría agregar los links a un par de entrevistas interesantes que encontré: www.babab.com/no00/juan_goytisolo.htm donde el autor reflexiona sobre historia y actualidad, y http://comunpresenciaentrevistas.blogspot.com/2006/12/juan-goytisolo-entrevista.htm en la cual se centra un poco más en su particular relación con la literatura y el lenguaje.
Mi análisis se centra en el capítulo 2 del libro El sitio de los Sitios: "Ben Sidi Abú Al Fadaíl". En su relato Goytisolo utiliza dos narradores protagonistas distintos, uno que podría ser él mismo, y el otro un colega y amigo historiador. Creo que esto es lo más interesante en relación a mi proyecto narrativo, que también presenta dos narradores, y espero que, como en éste, su identidad pueda ser develada en el transcurso de los acontecimientos.
El episodio narrado en este capítulo comianza con la llegada de Al Fadaíl, un "santo de la capital almohade", al hotel donde trabaja uno de los protagonistas, seguido por su muerte en un atentado y la conspiración de los empleados para escamotear su cadáver con el fin de preservar sus escritos. Se trata de una historia verosímil, tal vez incluso inspirada en hechos reales, a pesar de que una enumeración de los acontecimientos parezca indicar lo contrario.
Lo que más me cautivó de este relato fueron las reflexiones iniciales sobre el día en el que ardió la Biblioteca de Sarajevo, en cuyos archivos los protagonistas se habían documentado para sus investigaciones por años. Todo el pasado y la memoria de un pueblo reducidos a cenizas, la desolación más terrible e inexplicable para cada uno de sus habitantes, hermanados en desposesión y desgracia. "Historia esfumada en silencio".
Es en estas condiciones que los escritos del Santo llegados a las manos del protagonista cobran una importancia inconmensurable, ya no meramente histórica o literaria, sino como germen de la esperanza. En palabras del narrador: " La beatitud nos invadía. A la fuerza salvaje del enemigo y su doctrina de las fronteras trazadas con sangre, opondríamos el arma prenne y sutil de los débiles: la dispersión seminal de sus voces, las variantes infinitas de la palabra!"

La Representación del Mundo. Notas sobre Olson


El texto analizado, “La representación del mundo en mapas, diagramas, fórmulas, imágenes y textos”, es el décimo capítulo de El mundo sobre el papel de David R Olson. En éste, el autor se propone evaluar el éxito que han tenido los artistas y escritores del S XVII en su intento de llevar el mundo al papel examinando la evolución de las representaciones en cinco casos ilustrativos: las pinturas representacionales del arte holandés, la representación del mundo en mapas, la representación del movimiento físico en notaciones matemáticas, la representación de especies botánicas en herbarios y la representación de acontecimientos imaginarios en la ficción.

En primer lugar, cabe destacar que para Olson “el mundo sobre el papel es una metáfora apta para analizar las implicaciones de la cultura escrita, dado que mediante la creación de textos que funcionan como representaciones, es posible abordar el mundo, pero el mundo tal como es copiado o descripto.”

Esto resulta especialmente claro en el pasaje dedicado a los mapas, cuando se afirma que los viajes de descubrimiento de John Cook y Colón no deben ser considerados simplemente la proyección del mundo al papel sino la exploración del mundo desde el punto de vista de un mapa. Una vez que fue calculable tanto la latitud como la longitud, fue posible integrar la información de todas las localizaciones en una única imagen del mundo. Estas nuevas representaciones del mundo y la nueva sofisticación en navegación sirvieron como teoría para generar nuevas predicciones. Esto lleva a Olson a afirmar que “el viaje de Colón hacia el Oeste fue representativo”, ya que todas las inferencias del almirante sobre la trayectoria a seguir para llegar a las Indias fueron hechas a partir de un mundo de papel. Este mapa del mundo servía, en definitiva, como modelo teórico para representar lo desconocido.

Los casos analizados en el texto ilustran el impacto sobre la estructura del conocimiento y, por lo tanto, sobre los modos de pensar cuando se comienza a examinar el mundo prestando explícita atención a los modos de representarlo. Noto aquí cierta similitud con el texto “Estar allí” de Geertz, en el cual se proponía la observación de los propios textos etnográficos para poder reflexionar sobre cómo la forma en que se construye un relato afecta el sentido global del mismo. Para Olson, al igual que para Geertz, se trata de un nuevo modo de leer así como de un nuevo modo de escribir: la escritura como creación de “representaciones.”


Sobre el autor

David Olson estudió en las Universidades de Saskatchewan y Alberta. Fue miembro en calidad de fellow del Centro de Estudios Cognitivos de Harvard y del Centro de Estudios Avanzados en Ciencias de la Conducta de Stanford. Es ex-presidente de la Asociación Canadiense de Psicología y durante varios años fue co-director del Programa McLuhan de Cultura y Tecnología de la Universidad de Toronto. Desde 1971 es profesor de Ciencias Cognitivas Aplicadas en el Instituto de Ontario de Estudios de Educación. Sus investigaciones sobre el conocimiento, el desarrollo cognitivo y la escritura se han plasmado en diez libros y más de doscientos artículos, de los cuales dos fueron calificados como “clásicos”.