Argumentación sobre la toma

“Aquí nadie tiene derecho a distraerse,
A estar asustado, a rozar
La indignación”
Mi tierra querida, Paco Urondo

¿Qué hace un Comunicador Social?
En la web de la carrera podemos encontrar un artículo enteramente dedicado a resolver esta pregunta, a partir del listado de posibles “salidas laborales” para un graduado (parecería que esta cuestión intriga tanto a los propios estudiantes como a sus amigos y familiares). Es entonces que otra duda sobreviene inevitablemente: ¿Y cuál es la diferencia entre estudiar esta carrera y estudiar periodismo, publicidad, o alguna de las otras orientaciones que se proponen? Tal vez por mi condición de estudiante de primer año siento especialmente la necesidad de ensayar una respuesta, y sólo puedo hacerlo remitiéndome al contexto.

El primer contexto al que hago referencia es el de las Ciencias Sociales: Los estudiantes de Comunicación aspiramos a ser cientistas sociales, y entre todas las formas de definir la actividad que realizan los mismos, una de las que más me interesa es la de “desbaratadores del sentido común.” Entonces podríamos decir que un cientista social debe intentar “desnaturalizar” las condiciones y las prácticas sociales más habituales en su entorno, para llegar a conocer, a aprehender su dimensión histórica y su dimensión significante, produciendo conocimiento sobre estas.
Es desde esta perspectiva crítica que considero imprescindible abordar la toma actualmente sostenida en la facultad, considerando fundamentalmente las dimensiones mencionadas, para así cuestionar algunos de los supuestos que circulan sobre el tema.

En primer lugar, la idea de que “la toma es impuesta por unos pocos”. Es probable que la única forma efectiva de confirmar o rebatir esta afirmación sea a partir de la propia experiencia, por lo cual decidí participar de una Asamblea por primera vez hace unas semanas. Desde entonces, todas las asambleas a las que pude concurrir fueron de cientos de estudiantes, y en la última una de las votaciones fue tan pareja como 387 a 392, por lo que cada voto de cada compañero es respetado y puede hacer una diferencia.

“Todo esto es por un vidrio”. Todo esto es por la emergencia edilicia, por la privatización ilegal, por los docentes ad honorem, por el desfinanciamiento de la educación pública, por un vidrio. Hace 34 años algunos hicieron todo “por un boleto estudiantil”…

“Con la toma no se logra nada.” Esta idea niega la historicidad de una lucha que tiene más de diez años, que comenzaron otros compañeros, otros docentes y no docentes antes que nosotros, y que consiguió con este método importantes conquistas: La sede de Ramos Mejía en 1997, el aumento para los docentes en 2005, la firma del segundo pliego para la construcción del edificio de Constitución en 2008. Sin embargo, me parece necesario en este sentido introducir un breve fragmento de un texto del Subcomandante Marcos, “El otro jugador”:

(...)Samuel Taylor Coleridge, poeta inglés de la bisagra de los siglos XVIII y XIX, escribió: "Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces, qué?"
Desde las montañas del Sureste Mexicano hasta el Zócalo de la Ciudad de México, los zapatistas hemos atravesado un territorio de rebeldía que nos ha dado una flor de dignidad morena como prueba de que estuvimos ahí. Hemos llegado al centro del Poder y encontramos que tenemos esa flor en las manos y la pregunta, como en Coleridge, es "¿entonces, qué?".


Ojalá en esta oportunidad consigamos que se resuelvan todos nuestros reclamos, pero aún si no es así, lo que esa flor representa es lo que va a quedar en nuestras manos: La prueba de lo que podemos hacer. Podemos reunirnos en asambleas para debatir democráticamente el futuro de nuestra facultad; podemos ser miles, como en la Marcha del 16 de Septiembre, y unirnos bajo una misma consigna; podemos y debemos defender nuestra educación.

En este punto me gustaría regresar al interrogante sobre qué hace un comunicador social, vinculándolo inevitablemente a qué hace un cientista social, a qué hacemos nosotros, situándolo ahora en el contexto más amplio de esta lucha estudiantil que atravesamos, y que nos atraviesa. ¿Podemos simplemente volver a nuestros apuntes sobre procesos y conflictos sociales, en un vano intento por mantenernos al margen de los conflictos y procesos de nuestra propia sociedad? ¿Cuál es el rol que debemos asumir en este contexto? ¿Cuál es el sentido común que debemos desbaratar y con qué métodos? ¿Cuáles son las preguntas que deben guiarnos?

Retomando al texto del Subcomandante Marcos, éste continúa: Contra lo que suponen los columnistas de la clase política, la pregunta no se refiere a qué sigue, sino a qué significa esa flor morena. Y, sobre todo, qué significa para adelante.

Tal vez uno de los interrogantes fundamentales que debemos plantearnos como futuros comunicadores sociales, como cientistas sociales, como estudiantes, es justamente qué significa todo esto… Porque aquí nadie tiene derecho a distraerse.

Réplica Carta Argumentativa

Estimado Dr. Compte:
Es con el más hondo pesar que me dirijo a Ud. en estas circunstancias, haciéndole llegar en primer lugar mis más sentidas condolencias, tanto a Ud. como a su familia, y mi incondicional solidaridad en este difícil trance que actualmente atraviesa.

Nadie más que yo desearía poder brindarle algún consuelo con mis palabras, si tal cosa fuera posible, y nadie más que yo lamenta que se haya visto en la penosa necesidad de dirigirse a mi por correspondencia. Espero poder subsanar esto último mediante la programación de una futura reunión personal.

No es mi deseo explayarme con respecto a las razones por las cuales su pedido me resulta imposible de satisfacer; sobradamente las conoce Ud. gracias a sus treinta y cinco años de experiencia en los Juzgados de nuestro país. Tal vez sólo me tomo el atrevimiento de recordarle los motivos por los cuales esta Ley se abolió ya en el año 1917: la falta de derecho de matar al semejante, la irreparabilidad del mal, la necesidad de que el condenado viva para reparar el perjuicio causado a la víctima y a la familia, la imposibilidad de un diagnóstico de incorregibilidad absoluta del autor en cuya virtud puede afirmarse que sea necesario matar, las contadísimas ocasiones en que se aplicó la pena de muerte establecida en el Código de 1886 y finalmente, la tendencia abolicionista de la legislación comparada.

Con respecto a su exigencia de un castigo ejemplar, “que sirva como testimonio”, simplemente quisiera señalarle que estudios empíricos realizados en los Estados Unidos y Canadá no avalaron nunca esta teoría, ni lograron demostrar fehacientemente que el castigo formal por parte del Estado represente una medida efectiva para combatir el delito y reducir, en consecuencia, el número de crímenes perpetrados a diario. Incluso es reconocido por organizaciones internacionales que en el sur de los Estados Unidos, región donde ocurren la mayoría de las ejecuciones del país, se mantiene la tasa más alta de homicidios.

Sin embargo, Ud. también hace mención a una “naturalización social” de este tipo aberrante de actos, planteo con el cual coincido plenamente. No obstante, difiero de Ud. en tanto considero que los homicidios sancionados por el Estado sólo sirven para fomentar el uso de la fuerza y permitir que continúe el ciclo de violencia "naturalizada", desensibilizando a los oficiales y jueces involucrados en el sistema que aplica la medida.

Como he manifestado previamente, no es mi deseo en estas circunstancias extenderme con respecto a las objeciones morales, legales o estadísticas por las cuales rechazo la pena de muerte como sanción jurídica, puesto que Ud. mismo las ha compartido a lo largo de su admirable trayectoria profesional. Comprendo que sus palabras deben ser estimadas no desde la voz del reconocido Magistrado de la Corte de Suprema Justicia, sino desde “el dolor de un padre”, y es a ése padre y ciudadano al que le expreso mi más profundo pesar, como Presidente, como ciudadano, como padre.
Atte.

Carta argumentativa

Estimada Sra. Hernández:
Me dirijo a Ud. por este medio para expresarle algunas consideraciones con respecto al Proyecto de Ley de Matrimonio Igualitario, próximo a debatirse en el Congreso, y en contra del cual Ud. anunció que va a votar, en calidad de Senadora por el partido al cual pertenezco.

En primer lugar, creo que existe cierta confusión en la sociedad acerca de los términos en los que debe plantearse este debate, con lo cual últimamente se pueden escuchar como “opiniones autorizadas” las posiciones asumidas por clérigos, científicos, estadistas y miembros de las agrupaciones comunitarias más diversas. Se han esgrimido argumentos tales como el “Orden Natural”, o la Voluntad de Dios y han resurgido toda clase de prejuicios y falacias en torno a la homosexualidad.

No me dirijo a Ud. con el propósito de refutar tales argumentaciones: Simplemente es mi deseo enmarcar apropiadamente esta discusión, tras lo cual tales refutaciones resultan, a mi entender, innecesarias.

Con este fin, creo que es correcto decir que el Congreso va a legislar sobre la cuestión de si la diferencia de los individuos en el orden sexual es relevante o no para tener derecho al matrimonio civil. De esta forma situamos el debate en su marco correspondiente, que es nada más ni nada menos que el del Derecho, el marco político. En este marco las objeciones religiosas, científicas, estadísticas o morales no son válidas ni pertinentes.

En este sentido Senadora, le recuerdo que Ud. y los demás Senadores estarán legislando sobre el matrimonio civil, que es una construcción social, cultural y económica de carácter dinámico. Esta legislación ya ha sufrido previamente otras modificaciones que suscitaron debates similares, como la Ley de Divorcio vincular en 1987. Dicha ley no representó, como algunos suponían entonces, “el fin de las familias” (curiosamente este argumento se sostiene también en el presente debate), sino más bien una oportunidad para la conformación de nuevas, disolviendo legalmente vínculos ya rotos “de hecho”.

En cuanto a los hechos también quisiera realizar algunas observaciones. Aquí no está en discusión si son posibles otros modelos de familia; estas familias existen y están delante de sus ojos, son realidades. Convalidar el matrimonio entre personas del mismo sexo, en definitiva, es blanquear una situación existente. Permítame una breve digresión autobiográfica en este punto: Para adoptar el Código Civil no exige la heterosexualidad de los/las adoptantes. Por lo tanto, se dan casos de adoptantes solteros que son homosexuales, como es mi caso. Legalmente yo puedo adoptar, pero luego, cuando formo una pareja, sólo yo puedo quedar anotada como adoptante. Adopté a mi hija hace 6 años y hace 5 que estoy en pareja con la mujer de mi vida. Sin embargo, si algo me sucediera nuestra hija quedaría desprotegida jurídicamente, a pesar de tener otra madre que la ha adoptado junto conmigo. Esta es la realidad de mi familia, y de muchas otras; la realidad sobre la que Ud. debe legislar. Puede intentar negarnos, puede intentar ignorarnos: eppur si muove, estimada Senadora.

Finalmente, quisiera hacer una breve referencia a ese vergonzoso proyecto de Unión Civil que algunos de sus compañeros promueven. El principio fundamental del Derecho de que todos somos iguales ante la ley es lo que está definitivamente en cuestión aquí: Yo soy mujer, soy madre, soy abogada, soy militante en su mismo partido, soy homosexual. Soy ciudadana, y como tal, exijo una fundamentación justa para la negación de mi derecho a la igualdad. Este proyecto de unión civil distingue, discrimina entre familias de clase A y familias de clase B. Incluso me recuerda Rebelión en la granja de Welles, cuando afirma que “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.”

Confío sinceramente en su criterio y su capacidad de reflexión Sra. Hernández, ya que conozco su compromiso y su desempeño en nuestro partido; espero no verme defraudada.
Atte.
Alicia Garbocci
DNI: 20.355.706

El desafío del héroe. Notas sobre Campbell

El texto El héroe de las mil caras de Joseph Campbell comienza estableciendo una interesante relación entre los mitos y el psicoanálisis, afirmando que “los escritos atrevidos y que verdaderamente marcan una época, de los psicoanalistas, son indispensables para el estudioso de la mitología (…) Freud, Jung y sus seguidores han demostrado irrefutablemente que la lógica, los héroes y las hazañas de los mitos sobreviven en los tiempos modernos.”

Luego Campbell se referirá al inconsciente, concepto creado y desarrollado por el psicoanálisis, describiéndolo como “fuerzas psicológicas inconvenientes o reprimidas que no hemos pensado o que no nos hemos atrevido a integrar en nuestras vidas, y que pueden permanecer imperceptibles. Pero por otra parte, una palabra casual, el olor de un paisaje, el sabor de una taza de té o la mirada de un ojo pueden tocar un resorte mágico y entonces empiezan a aparecer en la conciencia mensajeros peligrosos. Son peligrosos porque amenazan la estructura de seguridad que hemos construido para nosotros y nuestras familias.”

Creo que la idea de mi proyecto narrativo está estrechamente relacionada con esta concepción de un inconciente amenazante, que parece estar al acecho de la oportunidad propicia, del recuerdo exacto, para enseñarnos y para forzarnos a reconocer un atisbo del horror que a diario nos empeñamos en ocultar, en negar. Irremediablemente, nuestros miedos más profundos y secretos terminan por manifestarse en nosotros y en nuestras vidas cotidianas, ya que forman parte de nosotros, más allá de nuestra voluntad, o precisamente contra ella. Se trata del verdadero corazón de las tinieblas, el que lleva al célebre Kurtz de Conrad a exclamar en sus últimas palabras “¡El horror! ¡El horror!”

Tal vez el ejemplo de “héroe” perfecto para ilustrar esto sea justamente el rey Edipo, quien se desespera buscando huir de su terrible destino, y es esta misma huida la que lo conduce a enfrentarse con él. Quizás la única esperanza reside en otro concepto referido por Campbell, el amor fati, ese “amor al destino que es inevitablemente la muerte”, con la seguridad de que no hay seguridad posible, ni para nosotros ni para nuestras familias, y que al comprender esto y continuar viviendo, revivimos la aventura de todos los héroes.

Los mapas de la escritura. Notas sobre Celia Güichal

El texto de Celia Güichal, “Una metáfora viva”, plantea en cada uno de sus pasajes una posible concepción del viaje desde las perspectivas más diversas, destacando su especial relación con la escritura. Para abordarlo me gustaría dedicar mi atención a uno de esas reflexiones en particular, en la que Güichal comenta: “En el viaje de escritura también hay mapas. La escritura intenta constantemente trazar mapas de sí misma, cartas de navegación: índices tentativos, planes, estructuras trazadas de antemano. Los mapas geográficos tienen esa doble cualidad de pertenecer al universo del orden y la organización por un lado, y al de la promesa de lo inesperado que despierta el deseo de movimiento, por el otro. También en la escritura parecen convivir ambas tendencias: la búsqueda de la organización y previsión total, y la necesidad de ruptura con el orden prefijado, de sumergirse en el caos indeterminado de todo proceso creativo.”

Creo que esta afirmación es prácticamente una invitación a revisar y contrastar los “mapas” que algunos escritores señalaron como propios. En cuanto a la necesidad de caos creativo, Faulkner declaraba que la seguridad, la felicidad y el honor no son importantes para el artista, sino sólo para su paz y su contento, y el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.

El afán de organización era observado por Chejov, quien consideraba que “Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.” También Hemingway destacaba la importancia del esfuerzo y la disciplina cuando aconsejaba: “Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios.” La escritora y periodista española Rosa Montero compara la organización de una novela con la de una ciudad, y afirma que “el urbanizador diseña cuadrículas de calles rectas, pone nombres y placas (…) esforzándose por controlar la realidad; y el narrador intenta atisbar el dibujo final del laberinto y ordenar el caos…”

Esta doble tendencia es ilustrada por Onetti, quien opone su proceso de escritura al de su amigo Vargas Llosa, comentando: “Escribo cuando la furia me llega, y dejo de hacerlo cuando ésta me abandona (…) Estábamos en San Francisco con Mario (…) Él me dijo que escribía de tal hora a tal hora, y ese tipo de cosas. Al final yo le dije: mirá, lo que pasa es que vos tenés con la literatura relaciones conyugales. Para mí es una puta. Si viene, viene. Mario se sienta a escribir, y si no le salen bien las cosas, putea y sigue. Yo no.”

En esta metáfora de procesos de escritura como mapas cabe recordar la cita de Olson en un fragmento de El mundo sobre el papel: “(…) los viajes de Cook no pueden ser considerados simplemente la proyección del mundo al papel sino la exploración del mundo desde el punto de vista de un mapa.” Tal vez los índices, planes y estructuras a los que se refiere Güichal no sean respetados fielmente en la escritura, pero nos brindan una perspectiva; un posible punto de partida; una referencia para no extraviarnos definitivamente en nuestro viaje, para adentrarnos en nuestro propio laberinto confiando en aquel hilo de Ariadna que nos guiará hacia la salida, una vez que hayamos enfrentado al minotauro.

Poceso de escritura

Cuando comencé a trabajar en mi proyecto de narración, “Ausente una noche”, no tenía definida la historia que quería contar, pero tenía una imagen que frecuentemente relacionaba con el tema del viaje: una mujer, sentada sola con todo su equipaje en una terminal de un pueblo, una noche. A partir de esa idea, pensé reconstruir su historia.

Antes de comenzar, recordé un tema que había tratado en una nota de lectura del cuento “La forma de la espada” de Borges, y que me pareció interesante para trabajar en esta historia. En la nota yo había escrito que en los teóricos pudimos ver cómo los relatos, según Bruner, tienen el poder de dar sentido a la experiencia, de permitirnos reflexionar sobre la experiencia, gracias a la cualidad del “extrañamiento”… Creo que lo que resulta más trágico del cuento de Borges es que este personaje, Vincent Moon, se “extrañe” de su propia historia de una forma tan extrema que incluso llegue a negar su identidad, en sus palabras, para evitar el desprecio de Borges; aún así, el lector sospecha que en realidad es para evitar su propio desprecio, y este relato “extrañado” es tal vez el único modo en el que puede permitirse reflexionar sobre su terrible historia.

Releí el teórico y el cuento de Borges para retomar esta idea, la de un narrador “extrañado” de sí mismo, como forma de reflexión. Entonces empecé a escribir fragmentos del relato de un narrador que contaba su propia historia (pero sin reconocerla como tal), y otro narrador que lo hacía de forma omnisciente y que al final revelaría la identidad del primero. En ese momento de la escritura intenté articular todo el relato en torno a esta “historia secreta”, y descuidé la historia que quería contar en un principio.

Entonces comencé la lectura de los cuentos de Onetti, con el fin de encontrar una “voz” para el narrador omnisciente, pero finalmente una de las cosas que más me interesó de este autor fue su manera de intercalar inquietantes reflexiones sobre la vida, el mundo y los hombres en sus relatos. Esto me llevó a reflexionar sobre su proceso de escritura (en la nota de lectura de Onetti), y de forma inevitable, sobre mi proceso. Noté mi descuido por la historia de la protagonista y traté de trabajar más en ella, pero ahora con la presión de la falta de tiempo, y así forcé una primera elaboración que no me convencía ni estaba bien contada (la segunda parte del proyecto). Además, tenía la sensación de haber complicado innecesariamente el relato, y de no estar contando una historia interesante.

La primera clase que tuvimos después de las vacaciones en el taller me aconsejaron no preocuparme tanto en ese momento por la comprensión que podía tener el lector del relato, y nos recordaron que no escribimos para resolver. Con esa idea retomé la lectura de Onetti, y recién después de un par de días, la escritura del proyecto. Esta vez sí tenía una historia que me interesaba contar: la de una mujer que desea escaparse de lo que cree su destino, su condena (la demencia que padecía su madre); pero intenta hacerlo, ingenuamente, huyendo de su vida. En el final, la protagonista se da cuenta que con esa frustrada fuga sólo consiguió acercarse aún más a su destino (así lo cree ella). Entonces, para poder reflexionar sobre lo ocurrido, se “fuga” de sí misma, y se lo comenta a su madre como si se tratara de una extraña, como ella cree que se contará luego.

Todavía no creo haber logrado transmitir toda esa historia, pero ahora que tengo una idea sobre lo que quiero contar, y cómo quiero contarlo, me parece que es el momento para conocer la comprensión que tiene el lector del relato, y mejorarlo a partir de las críticas y sugerencias.

Ausente una noche


Le traje estos jazmines doña Meme, espero que le gusten; se los dejo aquí junto a los otros. No, todos juntos se deslucen, me parece mejor en este vaso… estos claveles ya se marchitaron, si me permite voy a tirarlos. Listo, creo que está mejor… ahora mire lo que encontré en el jardín de Norita, en el camino hacia aquí; una de las últimas en florecer este año, seguramente. Las camelias no tienen fragancia, ¿no es así?
Sé que le debía una visita hace tiempo Meme, pero Ud sabe cómo son las cosas, con la casa, los chicos, mi marido; Ud sabe cómo son esas cosas. Pero hoy tengo tiempo y quise venir a verla a Ud antes que nada porque tengo algo que contarle, algo que no puede esperar y que le va a interesar mucho. Es sobre su hija Liliana.

Lily encendió la lámpara en el techo, la apagó, encendió el velador y recorrió con calma la habitación en penumbras, aguardando a que los muebles ya vacíos de colores, ya más parecidos a sombras que a cuerpos se delinearan precisos.
Al abrir las puertas del armario y asomarse a su interior sintió –por un momento- que aquel era un sitio acogedor y seguro, sintió –en ese momento- que aquel sitio acogedor y seguro no era otro que el armario de su infancia. Y aquella niña que imaginaba encerrándose era ella misma, ardientes los ojos y las mejillas, recostándose en el tibio suelo, casi conteniendo el aliento, esperando a que todas las voces en la casa llamaran su nombre, sin reconocer siquiera una ¿Por qué no distinguía sus voces, la voz de su madre, la voz de Julio? ¿Por qué sólo oía el quejoso murmullo de las maderas que la rodeaban, deseosas de ceder y morir sobre su pecho? Ese día ella supo que los muertos en sus armarios bajo tierra no reconocen las voces.
Lily sonrió sin ser vista y extendió la mano, un poco temblorosa, rozando camisas, sacos y pantalones descuidadamente colgados en perchas, hasta detenerse en un vestido corto de espalda descubierta. Lo acercó a su rostro; era el vestido que había usado en su último cumpleaños, rodeada de vecinos, amigos y familiares en esa misma casa hace sólo un par de meses, cuando su madre aún vivía, cuando el vestido aún olía a colonia de lavanda.
Dejó aquel vestido en el armario y tomó todas las camisas y los abrigos, vació los estantes de remeras, polleras y pulóveres, los cajones de medias y ropa interior, y por último zapatos y zapatillas, sandalias y botas. Con una calma que desmentía cualquier recuerdo de ardor en ojos y mejillas guardó cada prenda en una valija abierta sobre la cama, disponiéndolas en un orden caprichoso pero esmerado. Levantó la vista una vez hacia el espejo; tan sólo un gesto de ese reflejo inmóvil, ajeno, hubiera bastado para disuadirla, pero nada, nada le pertenecía.

Su hija decidió dejarlos Meme, dejar casa, hijos, marido, todas esas cosas. Aprovechó que este fin de semana el marido y los chicos se fueron a la chacra a visitar a Julio, a pasar unos días jugando al truco y pescando truchas en el arroyo. No sé en qué estaba pensando, cuando su pobre familia volviera el domingo… Pero Nelly la vio anoche, sentada en la terminal del ómnibus con su valija, su bolso de mano, unas bolsas, sentada sola. Y ya sabe Ud cómo es eso, si Nelly se enteró anoche esta mañana ya nos enteramos todos.

Lily salió a la oscuridad de la calle, encerrando tras la puerta la oscuridad de su casa –así creyó hacerlo-. La terminal de ómnibus estaba a unas pocas cuadras de tierra; iría caminando, arrastrando la valija, el bolso, un par de bolsas, el agobiado cuerpo; arrastraría todas aquellas cargas ahora que ya ninguna podía arrastrarla a ella. Le pareció también estar abriendo surcos en la tierra a cada paso, hendidos por el peso de una improbable cadena que cedía mezquinamente sus eslabones, y que con seguridad en algún paso –tal vez en el próximo- finalmente la detendría.
Fue entonces que Lily se detuvo un momento, sólo un momento, para poder seguir a la niña de sus recuerdos que cruzó fugaz ante ella, seguirla hasta el interior de una casa cercana, hasta la cocina de esa casa, hasta las figuras de su madre y su hermano Julio, hasta ella misma.
Un aroma dulzón que parecía dejar en su boca un poco de membrillo, otro poco de canela, se empeñaba en ubicar rigurosamente el horno, la vajilla, la mesada, mientras levantaba a su alrededor los claros muros de la cocina y el dominio implacable de su madre. “Julio, llevale este pedido a doña Rita, decile que lo anote a nuestra cuenta y que no se preocupe, sus tartas van a estar listas para el lunes. Arreglate un poco ese pelo Liliana, tenés que ir al consultorio del doctor Parra y confirmar el encargo del pandulce, explicale que tiene que pagar por adelantado. Ah, y decile también que lo esperamos con la señora para la cena del jueves, pero no se te ocurra moverte hasta que te dé la plata del pandulce.” Una Lily de cabellos alborotados asintió con firmeza, aunque no era más que otra figura revestida con aquella desgastada pátina de brillo que unía todos los dulzones recuerdos de su infancia.
Inmediatamente, su nostalgia le impuso un recuerdo reciente, en esa misma cocina pero ahora vagamente dispuesta, con aquella misma mujer, pero tal vez más pequeña, más opaca. Su madre repetía “decile que lo anote a nuestra cuenta y que no se preocupe…”, mientras se comportaba como un reflejo cansado del primer recuerdo, sin reconocer, sin notar siquiera a una desesperada Lily a su lado que ya no tenía los cabellos alborotados ni la firmeza de su infancia. Entonces una emoción que no alcanzaba a definir intentó vanamente arrastrarla hacia los incontables recuerdos que se seguían de éste, ya no solo en esa cocina sino en cada lugar donde su madre se dedicó a repetir las escenas de su vida ante miradas ajenas e indulgentes.
Lily había sido la única que no se dio por satisfecha con el impune diagnóstico del doctor Parra – “después de todo, cierta forma de demencia es muy frecuente a la edad de Meme”- , la única que no había adoptado esa mezcla imprecisa de compasión y menosprecio para tratar con ella, la única que se había esforzado en repasar el sabor del membrillo, el olor de la canela en afán de recuperarla.
Unos pasos tras sus pasos hicieron que se sobresaltara, preguntándose en qué momento la noche se había salpicado de tantas estrellas y amenazas. Se desprendió algunos botones de la camisa, pegada al pecho por el sudor, y reanudó la marcha fatigada por el peso de sus cargas y su cadena, con la inexplicable sensación de estar repitiendo alguna otra escena de su vida, pero sin recordar cuál.

¿Puede usted entender esto doña Meme? ¿Qué es lo que se proponía su hija partiendo en plena noche de viernes, sola y con tanto equipaje? ¿Se dirigía, tal vez, al encuentro de algún amante oculto en la distancia? ¿O podría estar huyendo de algo oculto aquí mismo, ante nuestros ojos? Tal vez fue la vida que usted llevó doña Meme, o la muerte que se la llevó a usted, las que determinaron su decisión. O puede que haya sido justamente una decisión contra usted, contra su vida, contra su muerte, y eso era lo único que importaba… Pero finalmente ¿qué fue lo que en realidad hizo Lily? ¿Por qué arriesgarlo todo, su matrimonio, sus hijos, su nombre, todas esas cosas? Yo no consigo entenderlo. Tal vez ella tampoco lo entienda, pero estoy segura que esperaba que usted sí.

Sentada en un banco de la terminal, Lily intentaba distinguir cada ómnibus que emergía de algún distante fragmento de noche, adivinando sus contornos, preguntándose si de esa forma reconocería al indicado. Tal vez era aquel que ahora se estacionaba frente a ella, imponiendo su oscura figura a esa otra oscuridad. Pero a éste subiría el hombre sentado a su lado, con los dedos manchados de noticias de ayer y la boca que insinuaba alcohol y tabaco, y Lily sabía que no podía acompañarlo. Tal vez el próximo.
Aguardó cada uno de los colectivos con esa inmutable fe de la que siempre había oído hablar, pero en la que nunca había creído. Sacó del bolso unos papeles para abanicarse, sujetó con mayor firmeza la valija a su lado y cerró los ojos; la oscuridad ahora estaba adentro y afuera. Pero aún en esa segunda oscuridad creyó adivinar su presencia, le pareció intuir su mirada perpleja, desconocida, hundiéndose irremediablemente mientras su voz, y su otra voz -la que más bien era un eco- repetían “…pero no se te ocurra moverte.”
Tan sólo Lily había intuido, en todo su horror, que la inevitable cadena que unía a madre e hija estaba hecha de los mismos eslabones, y que cada día uno de ellos se desprendía inexorablemente, acortando distancias, atrapándola en el ciclo de la vida y la vida una vez más, condenándola cada día a un día más. Abrió los ojos.
El Fiat azulado bordeó imprudentemente la esquina, siguiendo los ojos de Nelly a través del vidrio empañado,hasta tropezar con la mirada empañada de Lily, perpleja, hundiéndose. En los ojos de su vecina, ajenos e indulgentes, Lily vio el corte limpio de un último eslabón, el último de una cadena que había sido, también, una esperanza.
Esa noche no habría más colectivos, ya amanecía. Lily tomó su valija, su bolso de mano, sus bolsas, y volvió a caminar, pero con pasos leves. Al pasar frente al jardín de Dorita desprendió con cuidado una camelia –ahora todo le pertenecía- y la acercó a su rostro, pero no sintió su fragancia. Pensó llevársela a doña Meme, tal vez con algunos jazmines; hace tiempo le debía una visita.